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El regreso de la desigualdad

Sería difícil que alguien hubiera imaginado no solo el inesperado éxito de ventas sino el posterior debate que ha provocado El capital en el siglo XXI, la monumental obra del economista francés Thomas Piketty. Al fin y al cabo, se trata de un libro de 976 páginas, escrito por un profesor de inmenso prestigio pero vagamente conocido entre el público de los legos. Nacido en 1971, Piketty hizo una brillante carrera académica en la École Normale Supérieure y en la London School of Economics antes de enseñar en el MIT y posteriormente asumir la dirección de la Paris School of Economics, institución de la cual también es uno de sus miembros fundadores. Su breve paso por la campaña de Ségolène Royal en calidad de consejero y, sobre todo, la publicación de su colosal estudio lo sacaron del tibio confort de las aulas y lo proyectaron al centro de la discusión pública. No bien la editorial Seuil publicó El capital en el siglo XXI empezaron las controversias, y estas arreciaron con la aparición hace apenas dos meses de la traducción al inglés. Solo para dar un ejemplo, Piketty ha conseguido que dos respetables cabeceras del mundo británico, The Wall Street Journal y The Economist, se enfrasquen en una agria polémica sobre las principales tesis de su libro. Parte del éxito de El capital en el siglo XXI se debe, sin duda, al uso inesperado que Piketty hace de las grandes obras literarias. En sus páginas, el economista francés cita a Balzac o a Jane Austen con la misma autoridad con que menciona a Karl Marx o Simon Kuznets. Pero es su rechazo a la idea de que vivimos en sociedades meritocráticas, donde las mayores fortunas se ganan con esfuerzo y por lo tanto son merecidas, lo que ha momopolizado la atención de sus críticos. Al sugerir que las grandes riquezas proceden cada vez más de la herencia, no de la iniciativa empresarial, Piketty ha enfatizado la necesidad de instaurar nuevas tasas impositivas a los grandes capitales –un asunto crucial si se quiere reducir la desigualdad en el mundo– y, por ese conducto, ha propuesto unas nuevas y polémicas reglas para el tipo de capitalismo en que vivimos. Esta entrevista imaginaria fue confeccionada con respuestas de Piketty a Le Nouvel Observateur, al South China Morning Post, a la revista César, a la agencia France Press y a la BBC. Usted acaba de publicar un voluminoso estudio, El capital en el siglo XXI. Es tanto un libro de historia como de economía, en el que ensaya, a la manera de Jane Austen o Balzac, un retrato fiel de los problemas al momento de repartir la riqueza y el patrimonio. ¿Eso significa que la economía por sí sola es incapaz de proporcionar las respuestas adecuadas para un estudio del capital? Así es, en efecto. En el libro intento escribir la historia del capital desde el siglo XVIII, extrayendo lecciones para el futuro. Si uno espera hacer algunos progresos en un tema tan complejo, es evidente que debe proceder con pragmatismo y utilizar los métodos y enfoques de historiadores, sociólogos y politólogos, y no solo de economistas. Intenté en primer lugar reunir tantas fuentes históricas como me fuera posible sobre la dinámica de las rentas y los patrimonios, abarcando tres siglos y más de veinte países. Esto me ha permitido retomar el hilo de las grandes controversias sobre estas cuestiones, de Marx a Kuznets, pasando por Malthus y Leroy-Beaulieu, pero con muchos más datos. Los materiales literarios también cumplen un papel importante en mi investigación. Por supuesto, no son tan sistemáticos como las declaraciones de la renta –disponibles anualmente en la mayoría de los países desde la Belle Époque– ni como los archivos de sucesiones –que en Francia me han permitido remontarme hasta la revolución–. Pero, en cierto sentido, son mucho más ricos. La cuestión del reparto de la riqueza es demasiado importante como para dejarla en manos de economistas, historiadores y filósofos. Interesa a todo el mundo, y tanto mejor que así sea. ¿Exactamente qué tipo de información extrajo de autores como Jane Austen o Balzac? Los novelistas como Jane Austen o Balzac tenían un conocimiento íntimo de cómo funcionaba la jerarquía de las fortunas a su alrededor. Captaban las fronteras secretas, desentrañaban sus implicaciones para la vida de aquellos hombres y mujeres, sus estrategias de alianzas, sus esperanzas y sus desgracias, con más verdad que cualquier estadística. En Papá Goriot, Vautrin le explica a Rastignac que los estudios y los méritos no llevan a ninguna parte, y que la única manera de conseguir una auténtica vida desahogada es recibiendo una herencia. En mi libro quería saber si el discurso de Vautrin era correcto –lo era en su época–, y quería entender por qué y cómo evolucionaba a lo largo de la historia ese tipo de estructura desigual. ¿Estamos seguros de que el equilibrio entre las rentas del trabajo y las rentas heredadas ha cambiado desde la época de Vautrin?, y si es así, ¿en qué proporciones? En segundo lugar y más importante: suponiendo que esta transformación haya tenido lugar, ¿cuáles son exactamente las razones? ¿Son eternas esas razones? ¿Y las series? ¿Qué descubrió en programas como The West Wing o House? Las series son como novelas decimonónicas. Nos cuentan historias acerca de cómo volverse rico, o como volverse pobre, y así sucesivamente. Muchos protagonistas tienen doctorados, pero su situación económica no corresponde a su nivel de escolaridad. En este sentido, representan el modelo de la desigualdad que castiga los méritos o, dicho de otra forma, muestran de manera extrema las justificaciones o las críticas a la estructura de la desigualdad. Para usted, a diferencia de lo que afirma la doctrina liberal, el mercado no reduce automáticamente las desigualdades. ¿Es tan evidente el desequilibrio hoy en día como como lo fue hace un siglo, en la Belle Époque? A largo plazo, la principal fuerza de la igualdad de condiciones no es el mercado sino la difusión del conocimiento. Ahora bien, esta fuerza no cae del cielo; exige que determinadas instituciones permitan a todos acceder a un grupo de saberes y habilidades. En ese marco, el error de Marx fue descuidar el crecimiento. El error de los liberales ha sido creer que el crecimiento y la competencia podrían arreglarlo todo. La desigualdad no tiene nada que ver con ninguna “imperfección” del mercado. Antes al contrario: cuanto más “perfecto” es el mercado de capitales, en el sentido de los economistas, más posibilidades tiene de que sea verificado, sobre todo cuando el crecimiento baja de forma sostenible. En cierto modo, las desigualdades son ahora incluso más acusadas que en 1913, aunque hoy en día existe una clase media patrimonial que no existía hace un siglo. Esto se explica en parte por el crecimiento, que sin embargo es más fuerte que en los siglos pasados, y por las instituciones públicas (sobre todo el Estado de bienestar, los servicios públicos, la fiscalidad progresiva) ahora amenazadas. En su libro se afirma que todo empresario exitoso se convierte en rentista. ¿Están condenadas nuestras sociedades meritocráticas a convertirse en sociedades de rentistas? No digo eso exactamente: digo simplemente que las fuerzas que empujan en esa dirección son poderosas, particularmente en las sociedades de crecimiento económico y demográfico lentos, y que solo pueden compensarse de modo duradero mediante instituciones específicas y políticas fiscales adecuadas. Los empresarios son indispensables para el crecimiento económico y la innovación. El problema es el paso del tiempo. Mire usted el caso de Eugène Schueller. En 1909 inventó unos tintes para el cabello que darían origen a la fortuna de L’Oréal. Un siglo después, su hija Liliane Bettencourt sigue figurando en el ránking de las personas más ricas del mundo, aunque nunca haya trabajado. Entre 1990 y 2010, el patrimonio de la señora Bettencourt pasó de 2.000 millones a 25.000 millones de dólares, es decir que tuvo un crecimiento medio del 13% anual (alrededor del 11% al año de rendimiento real, tras deducirle la inflación), exactamente lo mismo que aumentó la riqueza de Bill Gates, cuya fortuna pasó de 4.000 a 50.000 millones. Este caso extremo ilustra un fenómeno más general: a partir de cierto umbral la fortuna se reproduce por sí misma, a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento económico. Se trata de una lógica temible en sus consecuencias a largo plazo, algo que debería preocupar incluso a los más fervorosos defensores del mercado. Confiar únicamente en la generosidad privada para resolver esa contradicción lógica es un poco imprudente. ¿Es posible regular el capital en el siglo XXI? En el siglo XX fueron las guerras las que hicieron del pasado un lienzo en blanco, y dieron temporalmente la ilusión de una disminución estructural en las desigualdades y en el rebasamiento del capitalismo. Para que el siglo XXI invente un rebasamiento a la vez más pacífico y más duradero, es urgente repensar el sistema en sus fundamentos, serena y radicalmente, y construir una potestad pública adaptada al capitalismo globalizado de nuestro tiempo. La Unión Europea representa alrededor de un cuarto del PIB mundial (como Estados Unidos). Es decir, tiene un modelo social que defender y promover. Europa, siempre y cuando esté unida, cuenta con una superficie económica y financiera suficiente para asumir la regulación del capitalismo mundializado actual. ¡A condición, eso sí, de que deje de comportarse como enano político y colador fiscal! El total de los patrimonios (activos inmobiliarios y financieros, libres de todas las deudas) que poseen los europeos es el más elevado del mundo, lejos de Estados Unidos y Japón, y muy por encima de China. Contradiciendo el mito recurrente, lo que los europeos poseen en el resto del mundo es claramente mucho más de lo que el resto del mundo posee en Europa. Nuestra crisis de la deuda parece insuperable, aunque nuestro nivel de endeudamiento público es menor que en el resto del mundo rico. Esta impotencia colectiva persistirá mientras elijamos que nos gobiernen unos países pequeños en competencia exacerbada entre sí (Francia y Alemania pronto serán minúsculas a escala de la economía-mundo) y unas instituciones comunes totalmente inadecuadas y disfuncionales. Usted aboga por la instauración de un impuesto progresivo sobre el capital. ¿No le parece que es una utopía? El impuesto progresivo sobre la renta fue la gran innovación fiscal del siglo XX. El impuesto progresivo sobre el capital podría cumplir un papel comparable en el siglo XXI. Es la institución adecuada que permitiría a la democracia y el interés general poner en cintura a los intereses privados y frenar el vigor de las dinámicas de la desigualdad, preservando al mismo tiempo la apertura económica y las fuerzas de la competencia, y rechazando los retrocesos nacionalistas, proteccionistas e identitarios, que solo llevarán a frustraciones aún más terribles. Lo cierto es que casi en todas partes existen impuestos anuales al patrimonio, particularmente el inmobiliario, a través de contribuciones catastrales. El problema es que los impuestos de este tipo no se pueden recaudar correctamente en el nivel estrictamente nacional: hay que pasar también a los niveles regional, continental, incluso mundial. Puede parecer utópico. Pero de cierta manera es en esta dirección hacia donde se encaminan los proyectos actualmente en discusión sobre transmisión automática de la información bancaria internacional. Sus conclusiones le llevan a defender una amplia revolución fiscal. ¿En qué términos la concibe? Lo ideal sería disponer de un impuesto global progresivo sobre el capital. Al menos a nivel europeo, en coordinación con Estados Unidos y otros países. Esto permitiría recuperar el control sobre la actual dinámica de desigualdad, y sobre la progresividad del impuesto, dejando que nuevas personas entren en el juego del patrimonio, aumentando la movilidad, modificando su concentración. Lo anterior requeriría una estrecha cooperación entre los países europeos que, por ahora, parecen tener muchos problemas en ese terreno. La otra solución es, obviamente, una especie de repliegue nacional, con cada país introduciendo control de capitales y medidas proteccionistas. Creo que esta segunda opción es mucho menos eficaz y puede decepcionar, porque no abordaría la cuestión de la desigualdad. China practica el control de capitales, con lo cual evita que los grandes patrimonios salgan del país y que los accionistas extranjeros carezcan de una participación mayoritaria en sus empresas, pero eso no impide que dentro de China haya una acusada desigualdad. Así que esta solución del repliegue no es en sí misma una panacea, aunque resultará tentadora para los países si no hay acuerdo sobre las soluciones internacionalistas que he descrito. ¿Usted cuestiona el mito de los “años gloriosos” partiendo de una idea según la cual el “capital humano” domina sobre el “capital financiero”? El período de los “años gloriosos”, la época que va de 1950 a 1980, es excepcional desde una doble perspectiva. Debido a la guerra del 14 y otros enfrentamientos, la cantidad de capital en la primera parte del siglo xx se había reducido a un nivel muy bajo, lo mismo que su rendimiento. Y por otro lado, después de la Segunda Guerra Mundial el crecimiento aumentó de manera dramática. Europa estaba muy retrasada frente a Estados Unidos, pero entre 1950 y 1980 creció a un ritmo del 5% anual, lo que permitió que con los ingresos del trabajo se acumulara patrimonio muy rápidamente. Esta doble característica era ilusoria. Y solo duró el tiempo de la reconstrucción y el reajuste. Después de 1980, volvimos a un ritmo de crecimiento mucho más coherente con el largo plazo, es decir, del 1 al 1,5% anual. Lo que, desde un punto de vista histórico, es muy rápido. Un 1% anual significa que, cada 30 años, ¡un tercio de la economía se renueva! Pero eso no es suficiente para equilibrar el rendimiento del capital, que es en promedio de un 4 a un 5% anual, o superior, como revelan las clasificaciones de las mayores fortunas. Por tanto, nos quedamos con un desequilibrio entre los patrimonios acumulados en el pasado y los ahorros que ahora generan las nuevas rentas. Es casi como si el pasado devorara el futuro. En su libro usted menciona mucho el caso de los paraísos fiscales. Sin duda, la lucha contra ellos y las transacciones ilícitas ha tenido pequeños avances, pero, ¿qué hará que los Estados acepten sus recomendaciones? En determinado momento será cuestión de supervivencia. Creo que si llevamos hasta el límite la lógica de la competencia fiscal y los paraísos fiscales, vamos a llegar a la imposibilidad de lograr que las grandes compañías y los grandes patrimonios internacionales paguen el más mínimo impuesto. Podría pasar que los Estados compitieran unos contra otros por atraer a ciertas fortunas o a ciertas compañías, lo que por cierto ya está pasando. Porque los Estados solo obligan a pagar a quienes están acorralados en su propio país, es decir, a la mayoría de los ciudadanos. Y eso podría llevar al fracaso en las políticas de impuestos. Lo que temo frente a este reto es que se evolucione en la dirección de repliegues nacionales, cosa que constato en Francia con las propuestas de salida del euro. Usted también habla a menudo de meritocracia, pero la califica como una “ilusión peligrosa” y eso choca contra la percepción general de la gente. ¿En qué medida esa acumulación cada vez más fuerte de los capitales constituye una espiral de desigualdad en contradicción con nuestros principios de justicia social? Entre 1950 y 1980, nos acostumbramos a pensar que las desigualdades tenían que ver ante todo con la capacidad de las personas. Al fin y al cabo, nuestro ideal democrático se basa en la esperanza de que las desigualdades provienen del mérito antes que de la herencia o del destino. Pero sucede que los argumentos meritocráticos son utilizados por los ganadores del juego para justificar el papel de la desigualdad ilimitada. Yo no creo que haya ninguna evidencia seria de que tenemos que pagar cien veces el salario promedio para conseguir gerentes de alto rendimiento. En el caso de los patrimonios, la diferencia es que allí nos enfrentamos a desigualdades extremas y a una lógica y a unos valores completamente diferentes a los que nos habituamos en la posguerra. Una pregunta para el economista: ¿no es una ilusión querer distinguir dos capitalismos, el industrial y el financiero? Todas las formas de capital son útiles. Sería una ilusión hablar de un capital “bueno” y otro “malo”. Lo fundamental es que todas las formas de capital pueden volverse desmesuradas si la acumulación se lleva a cabo en proporciones casi infinitas. Porque entonces el capital se vuelve regresivo. Más que establecer distinciones entre los patrimonios, hay que comprender el capital en su totalidad y reflexionar sobre su repartición, su tamaño, y sobre la dinámica de su repartición. La pregunta es a qué tasas se incrementan los diferentes niveles del patrimonio. Porque si uno tiene patrimonios que se incrementan al 6 o 7%, mientras que el patrimonio medio se incrementa del 1 al 2%, hay un problema y no importa que detrás del patrimonio de unos y otros haya inmuebles, activos financieros o industriales. Marx subrayó la tendencia del capitalismo a extender indefinidamente la esfera comercial de la economía en detrimento de la esfera no comercial. Dado que usted se ubica, con otros economistas internacionales, en una reflexión sobre el mundo “poscrisis”, ¿cómo articula su prospectiva? Para Marx, en la medida en que se acumule capital, el rendimiento de este terminará por colapsar. Es la tesis de la tendencia a la baja en la tasa de interés. Y desde un punto de vista estrictamente económico, el sistema debía derrumbarse por sí solo. Yo no estoy tan seguro, por desgracia. Lo que demuestro en este libro es que de hecho el rendimiento del capital puede mantenerse a una tasa más elevada que la tasa de crecimiento, y por ende no existe un desenlace natural desde el punto de vista económico. Al contrario, desde el punto de vista político, lo que hay es una concentración del capital que socialmente no puede aceptarse. Luego todo depende de ver si los ciudadanos se movilizan o se dejan convencer de que nada puede hacerse al respecto. Es más un problema de movilización política. Para terminar: hace poco usted participó en una discusión con el antropólogo David Graeber a propósito de la deuda. Aunque sus cifras abarcaban tres siglos, y las de él cinco mil años, llegaron a conclusiones idénticas. ¿Parecen relativizar, en este punto, el impacto de las revoluciones tecnológicas sobre el crecimiento? Un 1% de crecimiento exige ya muchas innovaciones tecnológicas. Porque el 30% en treinta años significa un tercio de la economía, ¡un tercio de las profesiones y oficios, y de la actividad humana, en los que habría innovaciones! Pienso que se puede mantener esa tasa con la condición de inventar fuentes de energía más limpias. En cambio, hablar del 5% de crecimiento es pura ciencia ficción. Es algo nunca visto en la historia, excepto en las etapas de recuperación histórica, como con China en la actualidad. Insisto en que los gloriosos treinta años de la segunda posguerra marcaron de tal modo la imaginación que se llegó a creer que podía ser algo permanente, pero era una ilusión.

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