Carl Shapiro: “No creo que sea fácil controlar el poder de las grandes tecnológicas a través de la regulación” Por: Walter Frick trad. Teresa Woods

Según un coro de críticos cada vez mayor, Estados Unidos tiene un “problema con los monopolios”. Lo ha dicho el economista ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz. También la senadora demócrata de Estados Unidos Elizabeth Warren. No son las únicas personas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha calificado a Amazon como un “monopolio sin impuestos“. En respuesta, los expertos, los políticos y los think-tanks o laboratorios de ideas están renovando su interés en las políticas antimonopolio.

Pero, ¿realmente está controlado Estados Unidos por los monopolios? Y, ¿son las políticas antimonopolio la respuesta? Hablamos de ello con el profesor de la Escuela de Negocios Hass de las Universidad de California en Berkeley (EE.UU.) Carl Shaphiro. Experto en políticas antimonopolio, Saphiro también ha trabajado para el Departamento de Justicia de EE.UU. durante los gobiernos Obama y Clinton, además de formar parte del Consejo de Asesores Económicos de Obama.

En un nuevo trabajo, Shapiro examina las pruebas de la supuesta y creciente concentración empresarial dentro de la economía de EE.UU., analiza si esta dinámica supone una marca de la competencia y define el rol que, considera, deberían tener las políticas antimonopolio en el futuro. Hablé con él por teléfono y correo electrónico. Lo que sigue son extractos de nuestra conversación, editados por razones de longitud y claridad.

¿Por qué publicar ahora este trabajo: Antimonopolio en tiempos de populismo?

Shapiro: La elección de Trump, por supuesto, tiene algo que ver. Pero es más que eso. Durante las elecciones de 2016, los dos grandes partidos afirmaban que el sistema estaba amañado y que el pequeño [empresario, trabajador] no recibía un trato justo. Esa sensación estaba dirigida en parte al Gobierno, pero también a las empresas. No son pocos los estadounidenses que parecen creer que unas pocas y grandes compañías poderosas controlan el sistema y que los individuos y las pequeñas no reciben un trato justo.

En concreto, bastantes periodistas, analistas políticos y los propios políticos han estado hablando de lo que ven como el declive de la competencia en Estados Unidos durante los últimos 30 o 40 años. Detallo esto en mi trabajo. Esa afirmación dirige la atención a la pregunta de si las políticas antimonopolio de alguna manera nos han fallado.

Si aumenta la concentración empresarial, ¿se trata realmente de una pérdida de competencia?

En realidad no nos interesa la concentración en sí misma. Usamos la concentración del mercado como una muestra o señal de si un mercado es competitivo. Dedico mucho tiempo en el trabajo a analizar los datos e intentar responder a la pregunta de si los mercados de EE.UU. se han concentrado de manera significativa durante los últimos 20 o 30 años. Existen algunos importantes problemas de medición. Mucho de lo que se ha dicho sobre los cambios en la concentración carece de una base sólida si se estudian los indicadores en detalle. Veo un aumento en la concentración, pero no a niveles que indiquen la presencia de muchos monopolios, ni siquiera de oligopolios entrelazados.

Pero la pregunta más importante es: ¿qué hacer con el incremento de concentración que sí identificamos? Hay dos interpretaciones muy diferentes. Una es que cuando un mercado se concentra más, significa que es menos competitivo y por tanto tenemos un problema. No es una idea nueva. De hecho, fue bastante popular durante las décadas de 1950 y 1960. Hoy, muchas personas parecen adoptar esa visión sin darse cuenta siquiera de que existe una interpretación alternativa perfectamente coherente.

Esta perspectiva alternativa, la segunda a la que me refería, atribuye el aumento de la concentración a economías de escala crecientes. Es decir, a que las empresas más grandes tienden a ser más eficientes que las más pequeñas. Desde ese punto de vista, las compañías más grandes terminarán por superar a sus rivales más pequeñas. Eso es lo que ocurre de forma natural cuando las empresas compiten y existen economías de escala notables. Por tanto, una vez se producen economías de escalas y algunas compañías se revelan más eficientes que otras, esas empresas también se hacen más grandes y terminan por tomar el control, lo que es probable se traduzca en una mayor concentración de mercado. Además, los economistas industriales entienden bien y asumen que muchos mercados están por definición concentrados de forma natural. Esta, entonces, es la explicación alternativa: al menos parte de la creciente concentración que vemos es el reflejo de los procesos competitivos en curso.

¿Cuál debería ser entonces el papel de las políticas antimonopolio? ¿Qué principios y criterios deberían seguir?

En Estados Unidos, existen principios bien establecidos sobre las políticas antimonopolio. Son bipartidistas. Son de larga data. Las agencias antimonopolio, los abogados privados, las políticas antimonopolio y los tribunales siguen esos principios. Todo el mundo que trabaja en esta área ha convergido en estos principios durante los últimos 50 años. Hemos exportado incluso esos principios al resto del mundo. Lo que resulta sorprendente es que ahora parecen estar otra vez en tela de juicio. Se están cuestionando sin tampoco ofrecer, en mi opinión, ni una base coherente para ello ni tampoco una alternativa factible.

Entonces, ¿cuáles son esos principios? Primero, que el objetivo de las políticas antimonopolio es asegurar que los consumidores se beneficien de las fuerzas de la competencia. Eso significa varias cosas. En primer lugar, debemos asegurarnos de que las fusiones no eliminen la competencia. En segundo lugar, no podemos permitir que las empresas formen cárteles para coludir en lugar de competir. En tercer lugar, no podemos permitir que las empresas grandes y poderosas empleen tácticas represivas ni excluyan a los competidores que las amenacen. El hilo conductor es que las políticas antimonopolio impiden que las empresas hagan cosas, ya sea por sí mismas o en grupo, que interrumpan el proceso competitivo y perjudiquen a los consumidores. Ese es el principio central, eso es lo que intentamos hacer con las políticas antimonopolio.

Ahora, comparemos eso con dos cosas que no intentamos hacer. En primer lugar, las leyes antimonopolio no disuelven ni regulan una empresa simplemente porque haya crecido hasta convertirse en grande y poderosa. Existen otras leyes para ello. Si concluimos que una industria es un monopolio natural, por lo que la competencia en esa industria simplemente no puede funcionar, tenemos que recurrir a la regulación del precio o de la tasa de rendimiento. Es lo que hacemos con los servicios públicos.

Las medidas antimonopolio, sin embargo, no castigan a las empresas por ser exitosas, ni siquiera cuando se vuelven dominantes. A veces, una empresa tiene mucho éxito y logra una posición dominante dentro del mercado. Pero mientras esa empresa no excluya a sus competidores ni fomente la “monopolización”, las leyes antimonopolio aceptarán esa situación como parte, como resultado, del proceso competitivo. Esto se remonta a la Ley Sherman de 1890, que prohíbe la “monopolización” pero no el “monopolio”.

En segundo lugar, las políticas y medidas antimonopolio no protegen a las pequeñas empresas de la competencia de las más grandes. Intentan desatar las fuerzas de la competencia, no estrangularlas. Durante más de 100 años, ha habido intentos políticos para proteger a las pequeñas empresas. Está bien. Pero si llegamos a la conclusión de que es un objetivo social importante, debe lograrse a través de otros medios como el sistema impositivo y la regulación, no a través de la defensa de la competencia.

Me llama mucho la atención lo parecido que puede resultar el debate de hoy al de hace cincuenta años y también al de hace cien años. Es como si hubiera ciclos de 50 años en los que este tipo de sentimientos populistas resurge y apunta a las políticas antimonopolio como solución de ciertos problemas que, básicamente, no tienen que ver con la competencia.

¿Por qué no son adecuadas las políticas antimonopolio?

El más importante es el poder político excesivo de las grandes empresas, el que puedan escoger sus propios reguladores e influir en el Congreso en lo que a las reglas del juego se refiere, desde las políticas ambientales hasta las políticas laborales y fiscales. Creo que es un gran problema y, de hecho, forma parte de un problema más amplio de corrupción generalizada por el cual el dinero tiene una enorme influencia en la política. En absoluto soy la única persona a la que le preocupa, pero las políticas antimonopolio no pueden resolverlo. La solución debe surgir de la reforma de la financiación de las campañas políticas, una mayor transparencia, una definición legal más amplia de la corrupción y otras políticas la misma línea.

El segundo gran problema que la gente pide que las medidas antimonopolio resuelvan la desigualdad salarial, que redistribuyan la riqueza. Las medidas antimonopolio eficaces, por supuesto, ayudan de alguna manera a reducir la desigualdad porque protegen a los consumidores. Pero no pueden ser la principal forma de solucionarla. Eso tiene que depender de las políticas fiscales y otras igual de importantes como la sanitarias y las educativas.

¿Podría crearse algún esquema parecido al de los servicios públicos para limitar la autonomía de las grandes empresas tecnológicas?

Estamos en un momento en el que se habla mucho de eso, y no creo que el debate desaparezca demasiado deprisa. No me opongo de forma intrínseca a ciertas formas de regulación, sobre todo si están bien diseñadas. Solo le pido a quien sugiera algo así que se pregunte: ¿Cuál es exactamente el problema que se intenta resolver? ¿Qué entidad se encargaría de la regulación? ¿Cómo se evitaría que las empresas controlaran esa entidad? ¿Sería viable? Si bien las normativas ambientales, de salud y seguridad han sido un gran éxito y han salvado muchas vidas, también hemos aprendido a lo largo de 50 años intentando mejorar diferentes industrias que el control de los precios y de entrada y salida a menudo no funciona demasiado bien. El mejor ejemplo fue la regulación de las aerolíneas: tuvieron que liberalizarse hace 40 años.

En cuanto a las empresas tecnológicas de hoy, un ejemplo puede ser exigir a las compañías que revelen e identifiquen qué es publicidad política y quién la ha pagado. ¿Por qué no? Podría ser una buena opción. Quizá haya algunos problemas técnicos, pero parece una muy buena idea. Otras normas tienen que ver con el control de los usuarios sobre su propia información personal y actividad en línea, algo a lo que también estoy bastante dispuesto.

Pero cuando la gente expresa preocupaciones generales sobre el poder de las grandes empresas tecnológicas y se apoyan en las regulaciones para controlarlo, soy más escéptico. Piensa en el caso de Facebook. Claramente, es una empresa grande y poderosa gracias a su gran red social. Pero, ¿qué problema resolvería regularla y de qué regulación específica estamos hablando? Si hay alguien que quiera presentar una propuesta para una regulación de amplio espectro y que afecte a Facebook, adelante, lo escucho. Pero no creo que resulte fácil controlar el poder económico de las grandes empresas tecnológicas a través de la regulación. La mejor manera de hacerlo es asegurarse de que estén sujetas a las fuerzas de la competencia.

 

Tomado de:    https://hbr.es/econom/895/carl-shapiro-no-creo-que-sea-f-cil-controlar-el-poder-de-las-grandes-tecnol-gicas-trav-s

 

 

 

Los efectos económicos del deporte Por: Carles Murillo

La práctica y el negocio deportivos son un elemento dinamizador de empleo e integración social

 

El deporte estuvo siempre entre nosotros y lo seguirá estando. Desde hace unos años, sin embargo, su presencia va mucho más allá de la simple práctica individual o colectiva, ya que se le añade el interés que genera entre espectadores y consumidores de cualquier tipo de productos o servicios relacionados. El deporte atrae también al tejido empresarial y surgen con fuerza inusitada fabricantes de materiales (instalaciones, maquinaria para cronometraje, mantenimiento), productos (nutricionales, atuendo), prestadores de servicios (organizadores de eventos, consultoría, formación) y medios de comunicación. El resultado es un sector en auge, con presencia tanto de la esfera pública como privada, y con voz cada vez más destacada en el desarrollo económico del territorio, como reconoce el Consejo de Europa que la confiere, además, protagonismo como dinamizador del empleo y elemento clave en al ámbito juvenil y la integración social.

Las cifras aportadas por la Comisión Europea señalan que el deporte genera el 1,76% del valor añadido bruto y el 2,12% del empleo en la Unión Europea. En Catalunya el deporte significa el 2,1% de su PIB, según el estudio El Peso Económico del Deporte y el 2,7% del empleo. Aunque las cifras se refieren al año 2006, resultan muy significativas para ilustrar la importancia del sector que se sitúa por encima de otros como el textil, edición y artes gráficas, y fabricación de vehículos de motor, cuya contribución al PIB catalán está por debajo del 2% por parte de cada uno de dichos sectores. Recientemente han aparecido también diversos trabajos que miden, desde ópticas distintas pero complementarias, la importancia económica del deporte. Para los autores del estudio de ACC10 para Indescat (clúster de industria del deporte en Catalunya) se han identificado 578 empresas que facturan casi 3,5millones de euros y dan empleo a cerca de 15.000 personas. El segmento dedicado a la fabricación de instalaciones, equipos de competición, artículos textiles y complementos, así como el de los medios de comunicación son los de mayor volumen de facturación, representando prácticamente el 70% del conjunto de todas las empresas del sector. La crisis económica ha repercutido más entre las empresas que fabrican materiales y en las instalaciones y, en cambio, no se ha dejado sentir en la categoría de los eventos. El Institut Barcelona Esports (IBE) presentó también sus cifras. En este caso se incluyen los clubs y asociaciones deportivas de la ciudad de Barcelona que mueven algo más de dos millones, sin contar con el volumen de facturación del FC Barcelona que, según un reciente estudio realizado por Deloitte, se traduce en un impacto total de 759 millones de euros anuales. Para el conjunto del Estado español, las fuentes oficiales estiman que existen cerca de 20.000 empresas en el sector propiamente dicho. A esta cifra deberían añadirse los establecimientos turísticos especializados en la práctica deportiva, los fabricantes de bebidas y alimentos energéticos, productos farmacéuticos para los deportistas, entre otros.

La repercusión del deporte en el territorio es económica, pero también social y mediática. Es creciente el número de personas que practican habitualmente deporte, como lo constatan todos los estudios poblacionales. Barcelona cuenta con 1.572 instalaciones deportivas y cerca de 5.000 espacios para el deporte. Tres de cada cuatro niños y más de la mitad de los mayores de 18 años practican habitualmente deporte. Barcelona ha consolidado mundialmente la asociación de la marca de la ciudad con el deporte, sigue en el candelero de las competiciones deportivas internacionales, cuenta con clubs de reconocido prestigio a nivel mundial en distintas disciplinas y alberga la sede de instituciones como, por ejemplo, la Euroliga de baloncesto. Los efectos de la celebración de eventos deportivos son generalmente positivos, especialmente cuando atraen a participantes y espectadores de fuera del país. El sector turístico (alojamientos y restauración) y el comercio son los grandes beneficiados de manera directa pero, indirectamente, lo es el conjunto de la sociedad con la generación de empleo y excedentes que luego repercuten en otros ámbitos de la vida social y económica.

Las cifras aportadas por la Comisión Europea, que estima que el efecto multiplicador es del 1,22 (cada 100 euros que mueve el deporte se traduce en 122 euros para el conjunto de la economía), sitúan al deporte como un elemento estratégico en la generación de riqueza. El deporte, supone para la economía catalana un área de actividad estratégica dada su situación especial tanto desde la perspectiva competitiva como de su aportación social e integradora.

 

Tomado de:    http://www.elperiodico.com/es/opinion/20150619/los-efectos-economicos-del-deporte-4289706}

 

 

Los costes ocultos de la presión excesiva en las empresas Por: Emma Seppala, y Kim Cameron trad. Teresa Woods

Demasiadas empresas apuestan por una cultura exigente y despiadada basada en la alta presión y en la idea de “no hacer prisioneros” para impulsar su éxito financiero.

Pero un gran, y cada vez mayor, número de investigaciones sobre la psicología organizacional positiva demuestra que un entorno despiadado no sólo resulta dañino para la productividad con el tiempo, sino que un entorno positivo dará paso a unos beneficios espectaculares para los empleadores, empleados y resultados.

Aunque existe una creencia generalizada de que el estrés y la presión empujan a la gente a rendir más, mejor y más rápido, lo que las organizaciones despiadadas no reconocen son los costes ocultos que supone.

Primero, los gastos de atención sanitaria en empresas de alta presión son casi un 50% más altos que en otras compañías. La Asociación Estadounidense de Psicología calcula que más de 500.000 millones de dólares (unos 442.000 millones de euros) son desviados de la economía estadounidense a causa del estrés laboral a la vez que se pierden 550 millones de jornadas de trabajo. Entre el 60% y el 80% de los accidentes laborales son atribuidos al estrés, y se calcula que más del 80% de las visitas al médico se deben al mismo problema. El estrés en el trabajo se asocia con problemas de salud que van desde síndromes metabólicos hasta enfermedades cardiovasculares y la mortalidad.

El estrés de querer pertenecer a determinadas jerarquías ya se asocia de por sí con enfermedades y la muerte. Un estudio demostró que cuánto más bajo es el rango de alguien dentro de una jerarquía, más altas son sus probabilidades de padecer una enfermedad cardiovascular y morir de un ataque al corazón. En un estudio a gran escala con más de 3.000 empleados realizado por Anna Nyberg del Instituto Karolinska, los resultados mostraron una fuerte correlación entre la gestión y la actitud de los líderes y las enfermedades cardíacas de los empleados. Los jefes que generan estrés son literalmente malos para el corazón.

En segundo lugar está el coste de la pérdida de compromiso.  Mientras que un entorno despiadado y una cultura del miedo pueden asegurar la participación (a veces incluso la ilusión) durante un tiempo, las investigaciones sugieren que el estrés inevitable que esto genera probablemente dará paso a la pérdida de compromiso a largo plazo. El compromiso con el trabajo –que está asociado con sentirse valorado, seguro, apoyado y respetado– en general está negativamente asociado con una cultura altamente estresante y despiadada.

Y la pérdida de compromiso resulta cara. En estudios realizados por la Escuela de Negocios Queens y por la Organización Gallup, los trabajadores no comprometidos tenían una tasa de absentismo un 37% más alta, un 49% más de accidentes y el 60% más de errores y defectos. En organizaciones con un compromiso bajo de los empleados, se detectó una productividad un 18% más baja, un 16% menos de rentabilidad, un 37% menos de crecimiento del empleo y un precio de las acciones un 65% más bajo con el tiempo. De forma importante, los negocios con empleados altamente comprometidos reciben el 100% más de solicitudes de trabajo.

La falta de lealtad del personal es un tercer coste. Las investigaciones demuestran que el estrés en el entorno laboral provoca un incremento de casi un 50% en la rotación voluntaria de los empleados. La gente acude al mercado del trabajo, rechaza ascensos o se despide. Y los costes de la rotación de empleados asociados con el reclutamiento, la formación, la productividad disminuida, la experiencia perdida y así sucesivamente son significantes. El Centro para el Progreso Estadounidense calcula que reemplazar a un único empleado cuesta aproximadamente el 20% del sueldo de ese empleado.

Por estos motivos, muchas empresas han creado una amplia variedad de beneficios que van desde el teletrabajo hasta los gimnasios patrocinados. Sin embargo, estas empresas siguen obviando las investigaciones. Una encuesta de Gallup demostró que, incluso cuando la empresa ofrecía beneficios como el horario flexible y oportunidades de teletrabajo, el nivel de compromiso predecía el bienestar mucho más que cualquier otra cosa. Los empleados prefieren el bienestar dentro del entorno laboral a los beneficios materiales.

El bienestar nace de un lugar, y sólo un lugar: una cultura positiva.

Crear una cultura positiva y sana para su equipo depende de unos pocos principios. Nuestras propias investigaciones (véanlas aquí y aquí) sobre las cualidades de una cultura del entorno de trabajo positivo se reducen a seis características esenciales:

  • Preocuparse por, interesarse por y ser responsable de los compañeros de trabajo como de los amigos.
  • Proporcionarse apoyo el uno al otro, incluido ofrecer amabilidad y compasión cuando los demás tengan dificultades.
  • Evitar la culpa y perdonar los errores.
  • Inspirarse mutuamente en el trabajo.
  • Hacer hincapié en la importancia del trabajo.
  • Tratarse todos con respeto, gratitud, confianza y honestidad.

Como mánager, ¿cómo puede fomentar estos principios? Las investigaciones señalan cuatro pasos que puede probar:

  1. Fomente las conexiones sociales. Un gran número de estudios empíricos confirman que las conexiones sociales positivas en el trabajo generan unos resultados altamente deseables. Por ejemplo, la gente enferma menos, se recupera dos veces más rápido tras una cirugía, sufren menos depresiones, aprenden más rápido y retienen la información durante más tiempo. Sin olvidar que toleran mejor el dolor y el malestar físico, demuestran una mayor agudeza mental y rinden mejor en el trabajo. A la inversa, una investigaciónde Sarah Pressman de la Universidad de California en Irvine (EEUU) encontró que la probabilidad de morir joven aumenta en un 20% para la gente obesa, en un 30% en las personas que beben alcohol en exceso, en un 50% para los fumadores, pero en un descomunal 70% para la gente con relaciones sociales pobres. Un entorno de trabajo tóxico y estresante afecta a las relaciones sociales, y con ellas, a la expectativa de vida.
  2. Demuestre empatía. Como jefe, tiene un enorme impacto sobre cómo se sienten sus empleados. Un revelador estudio de imágenes cerebralesencontró que cuando los empleados recordaban un jefe que era antipático o indiferente, mostraron una mayor activación de las áreas del cerebro asociadas con las emociones negativas mientras que sucedía lo contrario si recordaban uno empático. Además, Jane Dutton y sus compañeros del Laboratorio de la Compasión de la Universidad de Michigan (EEUU) sugierenque los líderes que demuestran compasión hacia los empleados fomentan la resiliencia individual y colectiva durante los tiempos difíciles.
  3. Esfuércese al máximo en ayudar.¿Alguna vez ha tenido un mánager o mentor que se molestaba mucho en ayudarle cuando él o ella no tenía por qué hacerlo? Probablemente se ha mantenido leal a esa persona hasta la fecha. El investigador de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidtdemuestra con sus investigaciones que cuando los líderes no sólo son justos, sino también abnegados, sus empleados realmente se sienten motivados e inspirados para a su vez volverse más leales y comprometidos. Como consecuencia, tienen más probabilidades de esforzarse por ser amable y ayudar a los demás, creando así un círculo autofortalecedor. El profesor de la Escuela de Gestión de Róterdam (Países Bajos) Daan Van Knippenberg demuestra que los empleados de líderes abnegados son más cooperativos porque confían más en sus superiores. También resultan más productivos y perciben a sus líderes como más eficaces y carismáticos.
  4. Anime a la gente a que hable con usted, especialmente sobre sus problemas.De forma no sorprendente, confiar en que el líderse preocupa por sus intereses mejora el rendimiento de los empleados. Se sienten seguros en lugar de temerosos y, como demuestra una investigación de la investigadora de la Universidad de Harvard (EEUU) Amy Edmondson, una cultura de la seguridad con líderes inclusivos, humildes y que animen a sus empleados a expresarse o pedir ayuda, proporciona mejores resultados de aprendizaje y rendimiento. En lugar de crear una cultura del miedo a las consecuencias negativas, sentirse seguro en el entorno laboral ayuda a fomentar el espíritu de experimentación que tan crítico resulta para la innovación. El profesor de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) ha demostrado que el empoderamiento, cuando se empareja con una buena formación y trabajo en equipo, mejora el rendimiento de los trabajadores mientras que un abanico de prácticas eficientes de producción y operaciones no.

Cuando sabe que un líder está comprometido a trabajar  a partir de un conjunto de valores basados en la amabilidad interpersonal, él o ella fija el tono para el resto de la organización. En Give and Take, el profesor de la Universidad de Wharton (EEUU) Adam Grant demuestra que la amabilidad y la generosidad de los líderes son unos buenos indicadores de la eficacia del equipo y de la organización. Mientras que los entornos laborales hostiles se asocian con una salud de los empleados más pobre, ocurre lo contrario con los entornos laborales positivos donde los empleados suelen tener una presión arterial más baja además de unos sistemas inmunológicos más fuertes. Un entorno laboral positivo también da paso a una cultura laboral positiva que, de nuevo, impulsa el nivel de compromiso, participación y rendimiento. Los empleados más felices no sólo proporcionan un entorno laboral más agradable, sino también una mejor atención al cliente. Como consecuencia, una cultura feliz y solidaria no sólo aumenta el bienestar y la productividad de los empleados, sino que también mejora la salud de los clientes así como su satisfacción.

En resumen, un entorno laboral positivo tiene más éxito con el tiempo porque aumenta las emociones positivas y el bienestar. Esto, a su vez, mejora las relaciones interpersonales y amplifica las aptitudes y la creatividad de los empleados. Protege contra las experiencias negativas como el estrés, lo que mejora la capacidad de recuperación de los empleados frente a los retos y dificultades mientras refuerza su salud. Logra que los empleados actúen de manear más leal además de reforzar sus mejores puntos fuertes. Cuando las empresas desarrollan culturas positivas y virtuosas, consiguen unos niveles significativamente más altos de eficacia organizativa, incluido el rendimiento financiero, la satisfacción del cliente, la productividad y el compromiso de los empleados.

 

Tomado de:  https://www.hbr.es/gesti-n-de-personas/142/los-costes-ocultos-de-la-presi-n-excesiva-en-las-empresas

 

¿Debería Venezuela dolarizarse? Por: Vicente Albornoz Guarderas

No, no debería. El dólar es una herramienta muy poderosa para estabilizar una economía, pero si en una sociedad no hay los consensos necesarios para que el sistema funcione, adoptar el dólar podría ser contraproducente. Actualmente en Venezuela hay una discusión muy encendida sobre si deberían dolarizarse o no. Y, obviamente, el Ecuador y su éxito en dolarización son un constante punto de referencia. Porque, sin falsa modestia, tenemos que reconocer el éxito de ese sistema en nuestro país, tanto por lo que ha logrado como por lo que ha impedido. Lo logrado es importante. En los primeros 6 años de dolarización, de enero 2000 a diciembre 2005, nuestra economía pasó por un período inusualmente positivo, a pesar de que el precio del petróleo era relativamente bajo (USD 36 en precios actuales). Por ejemplo, la inflación cayó de 108% en septiembre de 2000 a menos de 10% en enero 2003 y a menos de 1% en marzo 2005. Y la economía creció. La gran crisis del 1999 hizo que la economía se contraiga, pero ya para 2003 el producto por habitante igualaba su mejor nivel anterior a la crisis (1998) y para 2005 estaba 8% por encima del nivel de 2003. Sólo recordemos que antes de esos buenos años habíamos tenido dos décadas de estancamiento y que el producto por habitante de año 2000 fue sólo levemente superior al de 1981. La pobreza, que se disparó en 1999, para el 2001 ya estaba en niveles similares a los de 1995 e iba a caer cerca de 15 puntos hasta 2005. Eso es lo que la dolarización “logró”. Pero también impidió cosas dañinas como la emisión inorgánica de dinero (que fue pequeñísima), a pesar de que durante 10 años consecutivos un gobierno derrochador hizo todo lo posible por “crear” dinero para cubrir sus insaciables ansias de gastar. Y eso nos liberó de una hiperinflación al estilo de Alan García o de Maduro. ¿Pero fue la dolarización del Ecuador una varita mágica que solucionó por sí sola todos nuestros problemas? Responder afirmativamente a esta pregunta sería desconocer que la terrible crisis (tanto económica como política) de 1999 creó en el Ecuador la conciencia de que era necesario reformar la economía y que era vital cuidar los equilibrios de ciertas variables claves. Tanta fue la conciencia que tomamos que, al menos hasta el 2008 se respetó la independencia del Banco Central o se reformó la Ley de Hidrocarburos para que el sector privado pueda ser dueño de oleoductos o, en el caso más extremo de sensatez, se institucionalizó el ahorro público al crearse los fondos de ahorro. Y cuando llegaron los populistas dispuestos a destruirlo todo a cambio de ganar popularidad, la dolarización ya estaba tan arraigada en los corazones (y bolsillos) de los ecuatorianos, que no pudieron destruirla.

@VicenteAlbornoz

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/opinion/deberia-venezuela-dolarizarse-opinion.html.

¿Sube o baja el petróleo? Por: Vicente Albornoz Guarderas

La verdad no está claro qué va a pasar con el precio del petróleo en los próximos meses. Si bien se ha estabilizado en unos USD 50 por barril, todo va a depender de lo que ocurra en el lado de la oferta. Los riesgos políticos hacen posible una reducción de la oferta (que haría que el precio suba), mientras que consideraciones financieras podrían hacer que crezca la cantidad de crudo disponible en el mercado (y que el precio baje). En lo político, los problemas se centran en tres importantes productores del Oriente Medio y de África: Libia, Iraq y Nigeria tienen problemas internos que podrían afectar su producción. Hace unas pocas semanas ya hubo una interrupción de la producción libia de petróleo, lo que generó suficiente preocupación en el mercado como para hacer que el precio del crudo suba unos pocos dólares. Por su parte, Iraq está aún más complicado con la amenaza del Estado Islámico, aunque hasta ahora no ha tenido problemas en la producción y comercialización de su crudo. Nigeria no solo que está enfrentando la amenaza del grupo terrorista Boko Haram, sino que también está al borde de tener serios problemas políticos, pues el gobierno de Goodluck Jonathan decidió aplazar para fines de marzo las elecciones que estaban planeadas para el 14 de febrero pasado. Eso, sumado a la impopularidad del Presidente (que busca su reelección) y la creciente popularidad dela oposición, ha aumentado la preocupación sobre un posible fraude electoral. Hasta ahí, los problemas políticos que podrían reducir la oferta de crudo. Pero también está una serie de decisiones financieras que podrían aumentarla. La primera es hasta cuándo pueden los productores con altos costos seguir manteniendo sus niveles actuales de producción. En ese grupo son especialmente relevantes quienes extraen el petróleo del esquisto y de las arenas bituminosas en los Estados Unidos y en Canadá. Hasta ahora, la reducción de su producción ha sido sorprendentemente pequeña. Parecería que solo han cerrado los pozos más costosos y por eso no ha habido una reducción significativa en la producción. La segunda consideración financiera es qué va a pasar con todo el petróleo que se está almacenado alrededor del mundo. En números redondos, el mundo está produciendo cada día un millón de barriles más de lo que consume y esa diferencia tiene que almacenarse en alguna parte. El problema es que la capacidad de almacenamiento no es infinita y algún día los tanques se pueden llenar, al igual que tampoco es infinita la capacidad de quienes compran ese crudo de mantenerlo ocioso, perdiendo valor. Si el precio no sube pronto, podrían sacarlo al mercado para no perder demasiado. Finalmente, los sauditas serán claves definiendo hasta cuándo van a seguir inundando el mundo con su crudo para así tratar de recuperar su participación en el mercado.

@VicenteAlbornoz

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/opinion/petroleo-sube-baja-precio-economia.html. contenido. ElComercio.com

¿Deberían pagar impuestos los robots?

No hay nada seguro, salvo la muerte y los impuestos, dice un proverbio famoso. ¿Pero es el impuesto algo exclusivo de los seres humanos? En novelas y películas de ciencia ficción se ha pintado el papel de losrobots en el futuro de muchas maneras, pero nunca nos hemos imaginado a nuestros amigos androides como contribuyentes al sistema fiscal.

Sin embargo, el concepto algo futurista de un “impuesto robot” es un tema real en Europa, aunque todavía algo lejos de convertirse en realidad. Un argumento establecido desde hace mucho tiempo es que los avances cada vez más rápidos en inteligencia artificial (IA) y en la automatización, la así llamada revolución robótica, provocaría un enormes desempleo. Un estudio ampliamente citado de los economistas de la Universidad de Oxford Carl Frey y Michael Osborne, pronostica que dentro de las próximas dos décadas, casi el 50 por ciento del empleo total en EE.UU. está en “alto riesgo” de perderse por la automatización y la computarización.

Naturalmente, tales pronósticos dramáticos plantean muchas preguntas sobre el futuro de la humanidad, economía y mucho más. La pregunta más obvia es: ¿Quién pagará los impuestos cuando los robots y las computadoras estén haciendo todo el trabajo?

De momento se libran de tener que pagar impuestos

En mayo de 2016, una moción propuesta por el Parlamento Europeo sugirió que los robots pronto podrían clasificarse como “personas electrónicas”, cuyos propietarios estarían obligados a pagar impuestos en su nombre. En febrero de este año, esos planes fueron rechazados en última instancia, aunque el parlamento propuso preparar una legislación en toda la UE para regular el aumento de la robótica en una serie de áreas.

Pero a pesar de la decisión de la UE, el asunto sigue ganando importancia con el tiempo. El fundador de Microsoft, Bill Gates, expresó un fuerte apoyo a la idea de un impuesto sobre la automatización y dijo que su introducción era inevitable. Parte del argumento de Gates a favor de un “impuesto robot” es que la desaceleración del ritmo de los avances de automatización daría a los gobiernos más tiempo para proponer “programas de transición” adecuados para hacer frente a las consecuencias sociales.

“Este argumento ya lo estamos escuchando dese hace siglos”, dice Enzo Weber, economista y especialista en temas del mercado laboral del Instituto alemán para la Investigación sobre el Empleo (IAB). “Alguien siempre quiere proteger a algunos trabajadores, pero esto acabaría con el ritmo del progreso tecnológico y esto realmente no sería sensato”, dijo Weber en entrevista con DW.

“En general, estaría en contra de la idea de un “impuesto robot” porque los resultados de nuestra investigación no muestran una caída del empleo tal como se ha sugerido”, sostiene el experto.

 

Un estudio en 2016 de la economista Katharina Dengler sobre el impacto de la digitalización en el mercado laboral en Alemania llegó a conclusiones similares, contrarrestando  el estudio de Fry y Osbourne, e incluso sugiriendo que la digitalización podría crear nuevos empleos y conducir a un aumento general del empleo.

Buscando consenso

En 2016 la facturación en la industria robótica alemana aumentó un 7 por ciento a 12,2 mil millones de euros. Además, un porcentaje más alto de la mano de obra alemana trabaja en la industria (24,2 por ciento) que la media de la UE (21,9 por ciento). Por lo tanto no sorprende que haya una oposición significativa a la idea de un impuesto robótico entre los líderes de la industria y los sindicatos.

Sin embargo, la mayoría de los observadores están de acuerdo en una cosa: los robots se acercan. Si nos van a quitar todo el trabajo, sólo un poco o ninguno en absoluto, sigue siendo una cuestión de debate.

El papel que todo soportó Por: Vicente Albornoz Guarderas

Heroico. Realmente heroico el comportamiento del papel en que se hizo el presupuesto para el año 2018. Porque lo ha soportado todo y lo ha hecho sin quejarse. Pero eso es muy malo. Hubiera sido mejor que se queje y rechace los números que le estaban escribiendo encima. En fin, pobrecito el papel que tuvo que soportar cosas como la estimación de ingresos tributarios para el año 2018. Porque los presupuestos deberían ser proyecciones realistas, quizás algo conservadores, del futuro. Por lo tanto, la proyección de ingresos tributarios debería ser una estimación lo más realista posible, quizás algo conservadora, de cuánta plata se va a recaudar en el año 2018 por concepto de impuestos. Y la estimación de USD 15 340 millones por impuestos a recaudarse en el próximo año, no parece muy realista y, sobre todo, nada conservadora, porque no es compatible ni con la realidad actual ni con las perspectivas. Porque los datos más actualizados nos dicen que en los primeros 10 meses del 2017, al presupuesto del Estado entraron USD 11 660 millones por impuestos. Y el Observatorio de Política Fiscal calcula que en los dos últimos meses ingresarán unos USD 2 060 millones adicionales, lo que permitirá que los “ingresos tributarios” del 2017 lleguen a unos USD 13 720 millones. Pero (y los “peros” son importantísimos cuando se arma presupuestos), pero si en el 2017 la recaudación de impuestos será de únicamente USD 13 720 millones, la pregunta obvia es cómo podrían subir tanto las recaudaciones entre este año y el próximo y llegar a los USD 15 340 millones que están escritos en ese heroico papel. Se dice que el papel aguanta todo y este demostró esa característica, porque dentro de los USD 13 720 que se espera recaudar este año, están USD 220 millones recaudados gracias a las salvaguardias (que ya no existen y que no existirán el próximo año) y USD 410 millones de recaudación adicional en los seis meses del año 2017 en que el IVA fue de 14%, o sea, un total de USD 630 millones que no habrán en el año 2018. En otras palabras, sin IVA de 14% y sin salvaguardias, las recaudaciones tributarias en el 2017 hubieran sido de USD 13 090 millones, o sea, USD 2 250 millones menos de lo que se espera recaudar en el 2018. Y eso sin contar que tenemos una economía desacelerándose y que lo más probable es que el próximo año haya menos plata para pagar impuestos. Duro lo que tuvo que soportar el papel, pero lo aguantó todo, porque también podrían estar sobreestimados los ingresos petroleros. Y si los ingresos están inflados, eso significa que habrá menos plata para pagar los abundantes gastos planeados para el próximo año. Habrá que gastar menos o endeudarse más. Todavía más.

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:http://www.elcomercio.com/opinion/columna-vicentealbornoz-papel-presupuesto-opinion.html.

El dinero de los ases del deporte Por: JAVIER SÁNCHEZ y PAULA GUISADO

“Sé el dinero que tengo, más o menos. Está en juego mi futuro y el de mi familia. Las inversiones, mover el dinero adecuadamente, me ocupa bastante tiempo, pues podría haber pérdidas, operaciones en falso… Las cosas importantes del dinero no se deben delegar”, declaraba Pau Gasol a EL MUNDO en diciembre de 2009, ya con su primer anillo de la NBA. Cinco años después denunciaba a su agente por haberle arrastrado a varios negocios sin fortuna. Desde inmuebles en Guadalajara hasta parques eólicos en Rumanía, el ala-pívot de los San Antonio Spurs, acompañado de su hermano Marc y su ex compañero Jorge Garbajosa, reclamaba al representante 14 millones de euros por la vía legal.

Desde su llegada a Estados Unidos en 2001, con sólo 21 años, el mayor de los Gasol ha ingresado salarios por 160 millones de euros, según Basketball Reference. Sin embargo, los mencionados problemas con sus inversiones y su limitado tirón comercial (en 2015, su año de All-Star, la revista económica Forbes estimaba para el español unas ganancias de 2,5 millones por publicidad) impiden elevar más allá de esa cifra la estimación de su patrimonio.

Su caso sirve para ilustrar las dificultades que aparecen cuando se intenta conocer con exactitud el dinero que poseen los deportistas españoles. Aunque parte de sus ingresos pueden ser públicos -sueldos, premios, etc.-, los errores habituales en la gestión de sus negocios y la confidencialidad de sus contratos publicitarios imposibilitan la tarea.

En Broke (Arruinado), el laureado documental de ESPN, un ex jugador de fútbol americano, Dante Wesley, contaba cómo pasó de recibir 70 euros semanales en su equipo universitario a ingresar un cheque de bienvenida a la NFL de 300.000 euros. Y así justificaba el dato que da título al reportaje: el 78% de sus compañeros en la NFL pierde todo su patrimonio en sus dos primeros años como retirados. En la NBA ese porcentaje desciende hasta un todavía notable 60%. En los últimos años, muchas asociaciones de deportistas han tratado de enseñar a los jóvenes con proyección cómo sacar rendimientos de sus ingresos, pero se siguen repitiendo los disgustos. La repentina entrada de dinero y la excesiva dependencia de agentes y familiares son algunos de los factores -junto a cambios de residencia, divorcios, caprichos…- que dificultan que los deportistas multipliquen o incluso mantengan su patrimonio.

Aunque sus ingresos durante 10 o 15 años son estratosféricos. En muchos deportes (fútbol, Fórmula 1, baloncesto…) los sueldos anuales de los mejores superan los 10 millones anuales, incluso los 15 o los 20. En algunos casos, las ganancias en concepto de derechos de imagen son aún mayores. Pero esos rendimientos siempre son secretos. Los clubes, las marcas, los agentes y los propios deportistas suelen ocultarlos a la opinión pública hasta llegar, en casos no tan excepcionales, a crear complejas estructuras en paraísos fiscales para que tampoco los conozcan las autoridades. Apenas se pueden realizar aproximaciones, como las que anualmente realiza la revista económica estadounidense Forbes.

 

Sólo dos en la lista

Según este medio, los únicos dos deportistas españoles entre los 25 del mundo con mayor patrimonio son Rafael Nadal (21º) y Fernando Alonso (24º). Por eso, este diario incluye a ambos, de forma simbólica, en la lista de los 200 más ricos de España. De ellos se puede saber aproximadamente cuánto ganaron por salario o premios e incluso cuánto resguardan en algunas empresas (ver apoyos), pero se desconoce cuánto ingresaron por publicidad. Forbes EEUU recoge que el tenista puede haber ganado 215 millones de euros por derechos de imagen en sus 15 temporadas como profesional, mientras que el piloto de Fórmula 1 habría recibido casi 200 millones desde que llegó al Mundial en 2001.

El pasado 8 de diciembre Cristiano Ronaldo, el deportistas con más ingresos en 2016 según Forbes, hizo público el resumen de su patrimonio fuera de España: 203 millones de euros a 31 de diciembre de 2015. Lo compartía después de que EL MUNDO publicara que el jugador portugués había generado al menos 150 millones de euros en derechos publicitarios desde 2009 hasta 2020 desviados a través de una estructura offshore en el paraíso fiscal de Islas Vírgenes Británicas.

Este periódico tuvo acceso a las 220 páginas de la declaración de patrimonio extranjero, el modelo 720, que Ronaldo presentó a Hacienda. Así fue posible ver los activos que componen esos 203 millones de euros: 22 cuentas y depósitos en bancos suizos, participaciones en 19 sicav en Luxemburgo, acciones, bonos y obligaciones de grandes multinacionales en todo el mundo, inmuebles en Reino Unido y Portugal. ¿Y los, cómo mínimo, 150 millones que ha ingresado el futbolista luso desde 2009? Imposible saber si sirvieron para adquirir un inmueble, si se han invertido en una gran multinacional o si engrosan el extracto bancario de una de las cuentas en Suiza. El caso de Cristiano Ronaldo es una muestra de cómo mueve el dinero una gran fortuna internacional y un ejemplo claro de que ni siquiera una gran cantidad de documentos es suficiente para tener un conocimiento completo. Si algo ha puesto de manifiesto Football Leaks es que el secretismo con el que gestionan sus finanzas los deportistas hace que su patrimonio sea prácticamente imposible de trazar.

FERNANDO ALONSO

El patrimonio de Fernando Alonso se sustenta en sus ingresos publicitarios y en los elevados sueldos que reciben los mejores pilotos de Fórmula 1. El dos veces campeón del Mundial, con 16 temporadas en activo, recibe en McLaren más de 35 millones de euros al año y su imagen la patrocinan marcas como Tag Heuer, Europcar o Viceroy. La revista Forbes en EEUU le atribuye unos ingresos de casi 200 millones de euros. Sus cambios de residencia (vivió en Suiza de 2006 a 2011) hacen aún más difícil rastrear su capital. En el Registro Mercantil, su padre, José Luis, aparece como apoderado o administrador de cinco empresas activas. Las más antiguas son DAF 5 Management y Gespuam: la primera declara gestionar sus derechos de imagen y la segunda está involucrada en numerosas actividades. Ambas han declarado pérdidas en algún ejercicio fiscal.

RAFA NADAL

En la historia del circuito ATP sólo hay dos tenistas que hayan conseguido sumar más dinero en premios que Rafael Nadal: Novak Djokovic (casi 100 millones) y Roger Federer (poco más de 90 millones). El español acumula en su carrera casi 75 millones de euros por sus éxitos en la pista, una cifra a la que hay que añadir los réditos de sus muchos contratos publicitarios. Su imagen es o ha sido explotada por marcas como Nike, Babolat, Mapfre, Kia, Poker Stars, Banesto, Banco Sabadell, Telefónica, Tommy Hilfiger o Richard Mille, que le han aportado unas ganancias, según la versión Forbes de EEUU, cercanas a los 215 millones. En el registro mercantil, su padre, Sebastián, aparece como administrador de hasta 65 empresas, entre ellas dos sicav con un patrimonio de 55 millones, y varios negocios locales y de energías renovables.

Tomado de:    http://www.elmundo.es/economia/2017/02/03/5891b18922601d99318b46d5.html

 

Por qué los subsidios de petróleo son nocivos para la economía y el planeta Por CLIFFORD KRAUSS 24 de octubre de 2016

En Venezuela no escasean los problemas, pero uno de los más curiosos son los bajísimos precios del combustible que se vende en las gasolineras.

Actualmente los conductores pagan más o menos el equivalente a 40 centavos de dólar, y eso fue después de que el presidente Nicolás Maduro elevó ligeramente los precios este año para ajustar el subsidio popular de combustible que ayuda a estabilizar la crítica situación política del país. Sin embargo, esos precios preferenciales también acercan a Venezuela a la quiebra económica. Debido a los escasos incentivos que tienen para ahorrar combustible, los venezolanos conducen mucho y así contribuyen a la liberación de gases de efecto invernadero, lo que genera cambio climático.

Venezuela no es el único país en desarrollo que pierde petróleo y gas natural debido a los subsidios. En muchas naciones, los combustibles de transporte son tan baratos como los refrescos (en el caso venezolano un litro de gasolina es más barato que un litro de agua mineral).

Las tarifas eléctricas son tan económicas en el golfo Pérsico que algunos ciudadanos no se molestan en apagar sus dispositivos de aire acondicionado cuando salen de vacaciones. Según algunas estimaciones, los subsidios al consumo pueden ser responsables de más del 10 por ciento del total de las emisiones globales de dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero. También contribuyen al tráfico y la contaminación del aire en las ciudades en desarrollo.

Cuando los precios del petróleo se desplomaron a fines de 2014, tanto los ecologistas como los economistas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional instaron a los gobiernos para que abandonaran las políticas que congelaron las tarifas de energía a niveles artificialmente bajos. Como consecuencia de esas recomendaciones, un número considerable de gobiernos ha anunciado cambios en sus estrategias de precios fijos y aprovechan esa oportunidad para mejorar las finanzas estatales.

Malasia y Marruecos, por ejemplo, eliminaron los subsidios de gasolina y diésel, mientras que la India no sólo dejó de subvencionar al diésel, sino que también aumentó los impuestos al combustible.

Sin embargo, muchos otros gobiernos no cumplieron esas iniciativas a pesar de haber firmado acuerdos para disminuir las emisiones de carbono en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático celebrada el año pasado, en París. En algunos casos, diversos factores como las protestas callejeras y las presiones de las campañas electorales detuvieron las reformas, mientras que los grupos con intereses especiales —como los camioneros y agricultores que dependen del diésel barato— presionaron para detener los cambios.

Recientemente la Corte Suprema de Justicia de Argentina le propinó una gran derrota política a Mauricio Macri al revertir un aumento del precio del gas para los usuarios residenciales. Esa medida formaba parte de la política central de Macri para en mejorar la economía, pues los subsidios a la energía representan más de la mitad del déficit fiscal del gobierno argentino.

“Implementar las reformas de los precios sigue siendo un desafío político”, dijo Masami Kojima, analista del sector energético del Banco Mundial. Con las recientes fluctuaciones de precios del combustible “los gobiernos tienen una segunda oportunidad para aprovechar este momento para eliminar la política de subvenciones e implementar un mecanismo de fijación de precios basado en el mercado”.

Los economistas dicen que los subsidios de energía son una carga, en particular para las economías de los países pobres. A nivel mundial esas subvenciones le cuestan a los gobiernos y las compañías petroleras estatales una cifra que ronda los 500 mil millones de dólares anuales, según la Agencia Internacional de Energía.

Los expertos sostienen que la gran mayoría de los beneficios generados por los subsidios favorecen a los ricos, pues son quienes poseen vehículos y consumen más electricidad. El despilfarro de todos los combustibles fósiles, incluyendo el carbón, recarga a los gobiernos con un gasto adicional que podría ser destinado a programas sociales.

Los combustibles baratos también fomentan el contrabando, crean la escasez de gasolina, reducen los precios en el mercado negro y enriquecen al crimen organizado.

Sin embargo, los pobres —y los movimientos políticos que los representan— suelen protestar por los recortes a los subsidios porque los altos precios de la energía tienen un fuerte impacto en la vida diaria. Es por eso que muchos economistas recomiendan que los gobiernos fortalezcan las redes de seguridad social y utilicen el dinero que se invertiría en los subsidios para crear empleos y mejorar los servicios de salud y educación de los sectores más pobres.

Sin embargo, eliminar los subsidios no es tan fácil para los líderes políticos porque significa un aumento inmediato de los precios al consumidor.

“Algunos países han ajustado sus políticas”, dijo Jim Krane, un experto en energía de la Universidad Rice en Houston. “Pero con los precios tan bajos del petróleo, hay una gran oportunidad para ajustar los precios y reducir los residuos. Es lamentable que más países no aprovechen esta coyuntura”.

 

Tomado de:    https://www.nytimes.com/es/2016/10/24/por-que-los-subsidios-de-petroleo-son-nocivos-para-la-economia-y-el-planeta/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fnyt-es

El gran capital que nació de la gran empresa: apuntes sobre ‘El nuevo estado industrial’ Por: Joshua Gans trad. Maximiliano Corredor

El verano pasado se cumplieron 50 años de la publicación de El nuevo estado industrial de John Kenneth Galbraith y su meteórico ascenso a lo más alto de la lista de los libros más vendidos del New York Times. El libro fue uno de los rara avis en que un economista fue capaz de capturar toda atención del público y centrar el debate en los grandes temas económicos. Rara vez se ha visto algo similar desde entonces, aunque Thomas Piketty estuvo cerca en 2014 con su El capital en el siglo XXI.

Merece la pena releer el libro de Galbraith ahora que su tema está de vuelta en las noticias. Al igual que muchas personas hoy en día, él estaba preocupado por el poder empresarial fuera de control. Sin embargo, con el beneficio de verlo todo a posteriori, podemos ver que sus preocupaciones estaban en gran medida equivocadas. Ahí hay una lección para los economistas y reguladores contemporáneos.

En la actualidad, es difícil encontrar un economista que haya leído el libro; algunos seguramente ni siquiera hayan oído hablar de Galbraith. Yo no soy uno de ellos. Cuando estudié en Australia, lo hice con un programa curricular heterodoxo que enseguida me presentó autores como Galbraith. Teorizaba con un enfoque mucho más fresco y, seamos sinceros, sobre temas que parecían mucho más interesantes que los habituales de los libros de texto. Quería ser como él de mayor. Me costó cuatro años de posgrado quitarme esa idea de la cabeza. Así que, cuando recordé este aniversario, decidí abrir el libro más famoso de Galbraith con la intención de explicar lo mucho que se equivocó.

Un trabajo polémico

Lo que encontré no fue tanto una obra risible, sino un trabajo bien argumentado pero polémico. Era un libro de “grandes ideas” que planteaba una gran teoría, y aunque uno podría ser puntilloso con las pruebas, eso no lo hace menos sugerente. Según Galbraith, sin el control y la supervisión gubernamental -sin el contrapeso-, las grandes corporaciones acabarían controlando la economía y la política de Estados Unidos. Ese control públicó nunca llegó, pero tampoco el resultado que predijo Galbraith. No obstante, su teoría estaba tan bien planteada que me preguntaba por qué habría fracasado.

En realidad no se necesita leer El nuevo estado industrial para entender su historia. Galbraith observó, como ya habían hecho otros antes que él, que la economía estadounidense del siglo XX no se parecía mucho a la economía precedente. En grandes áreas de la actividad económica, no existía el mundo competitivo que, tanto entonces como hoy, domina los libros de texto básicos sobre economía. La realidad es que las industrias clave estaban dominadas por unas pocas empresas muy grandes, a veces incluso una sola. Si alguien hubiera venido del espacio exterior en 1967, todas esas grandes empresas le habrían parecido las burocracias planificadas del otro lado del telón de acero.

¿Por qué esas empresas eran tan grandes? La respuesta de Galbraith era que necesitaban serlo porque implementar nueva tecnología requería grandes cantidades de capital (piense en las grandes plantas de montaje de automóviles, las refinerías de petróleo y las plantas químicas).

¿Qué significaba eso? En primer lugar, que las empresas propietario=gerente no eran posibles. En su lugar, la propiedad de la empresa se distribuyó y divorció de la directiva de la compañía, la cual tenía los incentivos y las habilidades propias de los burócratas; se creó una burocracia.

En segundo lugar, a ninguna de estas personas le gustaba el riesgo. Por lo tanto, a diferencia del emprendedor audaz que invirtió con astucia y asumió el riesgo por la promesa de un buen retorno, estos gerentes-burócratas invirtieron sus esfuerzos en la reducción del riesgo. Se alejaron de posibles movimientos audaces con gran potencial y valoraron la rigidez como un objetivo a conseguir en vez de como un problema.

En tercer lugar, debido a que los gerentes no tenían incentivo por maximizar los beneficios, buscaron maneras más fáciles de obtener suficiente retorno para cubrir costes. Esto se tradujo en encontrar nuevas formas de asegurar la demanda de los productos existentes en lugar de inventar otros nuevos. Para algunas empresas, eso significaba acercarse al Gobierno por los grandes contratos disponibles durante la posguerra. Para otras, eso implicaba utilizar nuevas herramientas en marketing y persuasión para generar la demanda en los consumidores. Pero para todos ellas, suponía apoyar la gestión activa de estilo keynesiano de la demanda por parte del gobierno, la cual mantenía en último término la economía a flote.

La consecuencia estaba clara: la opinión del estadounidense sobre la economía estaba siendo secuestrada por el marketing moderno, y su visión sobren la democracia, suplantada por las necesidades de las grandes empresas.

Es una buena teoría. Sin duda se fundamenta en unos cuantos supuestos fácilmente discutibles. Pero la teoría en sí misma es coherente. A diferencia de gran parte de la economía moderna, es maravillosamente simple de entender y tiene implicaciones claras.

Estoy seguro de que no pocas personas habrán leído hasta este punto y se preguntarán si de hecho no se hizo realidad el escenario dibujado por Galbraith. La respuesta es no. Permítanme explicar por qué.

En primer lugar, se suponía que las grandes corporaciones de 1967 continuarían dominando el mercado. Por capitalización bursátil, las 10 mayores empresas hace 50 años eran AT & T, General Motors, Standard Oil, IBM, Texaco, DuPont, Sears, General Electric, Gulf Oil y Kodak. Hoy son Apple, Alphabet (Google), Microsoft, Amazon, Berkshire Hathaway, Facebook, Johnson & Johnson, Exxon Mobil, JP Morgan Chase y Wells Fargo. Es todo un cambio, pese a que AT & T y General Electric todavía están en la lista. Baste decir que las corporaciones dominantes de 1967 no tenían el control de sus destinos que Galbraith imaginaba. El autor predecía que las compañías más valiosas serían aquellas con más ingresos para realizar grandes inversiones en capital y mano de obra. Ese no fue el caso. Los ganadores de hoy no son galbraithianos.

En segundo lugar, en términos de todo el sector corporativo y en términos reales (ajustados por el crecimiento económico), las empresas más valiosas de hoy no son más valiosas que sus homólogas de 1967. Las corporaciones no han aumentado su presencia y control de la forma en que Galbraith predijo.

Por tanto, los propios cimientos de El nuevo estado industrial no se sostienen. ¿Por qué? He aquí mi propia conjetura. En 1967, la escala de la gran empresa estadounidense planeada y gestionada de forma centralizada había alcanzado sus límites en gran medida. Pasado ese punto, crecer requería más que encontrar nueva demanda. De hecho, el marketing moderno solo puede aportar hasta un límite (aunque la demanda y los contratos públicos pueden ser otra cuestión). Con el tiempo, crecer más fue también cada vez más caro, lo que mermó los beneficios de las empresas.

Para Galbraith, esto no suponía un problema porque los propietarios del capital estaban fragmentados y tampoco tenían poder; simplemente tendrían que resignarse a un peor rendimiento. Con cierta ironía, Galbraith omitió un gran contraefecto: el capital financiero se organizó y se agregó, se agrupó. Hoy en día, los grandes fondos (como BlackRock y Vanguard) dominan el mercado de valores. Las firmas de capital de inversión y capital riesgo compraron las acciones tradicionales de las empresas e intervinieron en su gestión (una de ellas, Berkshire Hathaway, es hoy una de las 10 compañías más valiosas).

La agrupación del capital en diferentes fondos terminó con la burocracia a través de la externalización (facilitada también por la globalización). Las necesidades del capital se satifacieron, pero las ventas se estancaron. En otras palabras, el Gran capital se convirtió en el contrapeso de la Gran corporación.

Que Galbraith no lo viera resulta irónico porque era perfectamente coherente con su cosmovisión expuesta en un libro anterior: El Capitalismo Americano. En él, Galbraith describía cómo los grandes grupos empresariales y los grandes sindicatos controlaban la economía. No hacía falta un gran esfuerzo para intuir el surgimiento del Gran capital.

El nacimiento del Gran capital

Una de las razones por las que surgió el Gran capital fue la competencia. Como se ha comprobado con el tiempo, la tecnología que en teoría impulsó las grandes corporaciones también empujó a sus competidores. La competencia vino de fuera de los Estados Unidos. Primero, y de forma muy notable, de Japón. Hoy, muchos otros. También de las nuevas tecnologías, la más reciente internet.

El nuevo estado industrial, tal y como fue descrito por Galbraith, fue disrumpido. Pero lo que tenemos en su lugar no es tampoco antigalbraithiano. Para empezar, las empresas que sí requieren grandes inversiones de capital parecen mantener todavía una estrecha relación con el Gobierno. Piense en los acuerdos del estado de Wisconsin (EE. UU.) con Foxconn para financiar su inversión durante unas dos décadas con la esperanza de fomentar el empleo. Si Galbraith escribiera su libro de nuevo, ese sería un capítulo destacado en cualquier edición actualizada.

Por otro lado, en 1967, el que luego sería Premio Nobel de Economía Robert Solow (el economista de los economistas, tanto entonces como hoy) machacó a Galbraith por sus supuestos sobre una demanda creada artificialmente y fácilmente por la publicidad. Sin embargo, dos empresas que hoy figuran entre las 10 primeras del mundo, Google y Facebook, obtienen prácticamente todos sus ingresos a través de ella. Los economistas pueden argumentar que toda esta publicidad es de suma cero, que no añade mucho a la economía real, pero el hecho de que muchas empresas continúen invirtiendo tanto en ella debería causar alguna duda.

Por último, las grandes empresas tecnológicas son galbraithianas a su manera. Al contrario de lo que planteaba Galbraith, estas compañías son capaces de crear grandes cantidades de beneficios con muy pocos gastos de capital. Sin embargo, todas y cada una de ellas han sido criticadas por no actuar en interés de los accionistas y, en su lugar, perseguir la ambición personal de sus fundadores. La fórmula para una existencia corporativa acogedora y autónoma no fue el tamaño y la gestión de la demanda, sino los costes bajos y las fuentes de ingresos cómodos.

Al final, quizá no tengamos una economía estadounidense tan dominada por los tecnócratas corporativos que Galbraith imaginó. Pero sí que tenemos otra controlada por multimillonarios alineados con el Gran capital. Si Galbraith estuviera vivo, sin duda estaría preocupado por esta concentración de poder. Y esta vez, su crítico Robert Solow también podría compartir su preocupación.

Joshua Gans es profesor de gestión estratégica de la Escuela Rotman de Negocios. Su último libro, El ‘dilema de la disrupción’, ha sido publicado por MIT Press.

 

Tomado de:    https://www.hbr.es/econom/811/el-gran-capital-que-naci-de-la-gran-empresa-apuntes-sobre-el-nuevo-estado-industrial